ATENDE

EL DOCTOR ANGÉLICO Y LA USURA

By on febrero 27, 2014

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Fernando Limeres Novoa, arxentino de nacemento e galego amesán de adopción, director da Academia Aberta, reflexiona neste conto, a modo de parábola, sobre a frialdade da usura nun mundo no que as finanzas deviron en nova relixión universal que ten nas preferentes o seu exemplo paradigmático.

Viendo Dios, nuestro Señor, en su divina Majestad, que los tiempos anunciados por los profetas en las escrituras se estaban cumpliendo; que la Parusía descrita en las epístolas apremiaba; considerando el sacrificio inane de su divino hijo -hace ya más de dos mil años -y constatando el vehemente acometimiento de toda clase de pecados, tanto pretéritos como novísimos por parte de las humanas criaturas; ambos igual de aborrecibles; decidió, en su sagrada Omnisciencia, en su divina Misericordia, enviar a nuestro hermano Tomás -sabio teólogo de Aquino, Illustrissimus in Christo Patrem- a la tierra para predicar toda su gloria, enmendar y corregir erros de simonistas y heresiarcas y pronunciar con su divina elocuencia aquello de: “vade retro, Satana”.

Ya lo dijo nuestro divino Maestro: “Os envío como corderos entre los lobos” y “Vosotros sois la luz del mundo, disipáis tinieblas y proclamáis la salvación de todos los hombres”. De este modo, nuestro hermano Tomás, Doctor de nuestra Santa Madre Iglesia, inteligencia de inteligencias, fue enviado nuevamente a la tierra; como nuevo San Jorge para derrotar al dragón y confinarlo en sempiterno y oscuro calabozo hasta el fin de los tiempos. Para recuperar así, la vida para la vida: el edénico jardín del que se guarda memoria en aquel sagrado libro del Génesis. Asimismo, la divina Providencia me escogió a mí de entre toda la corte celestial, de entre todos los coros y tronos angélicos, humildísimo Serafín para que fuera testigo y escribiera la épica del triunfo final de su Voluntad. Bien se conoce que nuestro nombre proviene del griego y significa mensajero y anunciador de la Buena Nueva. “Que así sea, cúmplase tu voluntad”, asentí, que otra cosa puede hacer la criatura frente a los imperativos de su Creador.

Sucedió en Compostela, con un cielo enojado y lluvia. La santa ciudad del Apóstol Santiago como ónfalos ya narrado por Pausanias, sería el escenario adecuado para la victoria de nuestro Padre bienamado sobre las mesnadas infernales. Primeramente, dada la trascendencia de nuestra misión, ingresamos en la catedral, donde se custodian perpetuamente los restos del hijo de Zebedeo, motejado el Mayor; aunque la tradición popular lo desmienta y declare que el osario no contiene en verdad sus santos huesos sino los de un mago galaico de nombre Prisciliano. Dios en la historia de los hombres nos da muestras de su infinita ironía, permitiendo erigir una magnífica catedral a su gloria sobre los despojos de un impío hereje ajusticiado en Tréveris en el siglo IV.

Nos encomendamos a su sagrado fervor guerrero, al de Santiago, declaro, y no al del otro; representado en su correspondiente advocación de Matamoros. Hechas las plegarias que nuestra devoción dictaba, atravesamos intimas callejuelas tortuosas. La tormenta prorrumpió furiosa, como si la sagrada creación imprecara a los hombres, como si los amonestara por siglos y siglos de maltrato, crueldad y ensañamiento. Ya lo dicen los profetas: “Por la lengua de la naturaleza se purgarán los pecados de los hombres”.

Dejamos atrás la catedral, las calles, las ventas y la zona de azabacheros e ingresamos en un templo moderno, templo que juzgué correspondiente a algún atroz culto pagano: babilonio o caldeo por la importancia que en él tenían cifras y números. Nos recibió un cancerbero cordial y no nos fiamos puesto que las celadas y artimañas del maligno son cordiales y melifluas. Nuestro sapientísimo hermano Tomás estaba agitado, porque a su voluminosa encarnadura le había costado subir las hiperbólicas escaleras que daban acceso al templo. Ingresamos en un amplio salón blanco, su blancura inmaculada contrasta con la negrura de los corazones de quienes aquí ejercitan aquelarres y sortilegios; otra treta del maligno, pensé.

Pronto, la discusión comenzó. El empeño de la retórica de Tomás ardía discursivamente y más divina que humana me parecía. La verdad de Dios cobraba vida y gravidez en sus palabras; casi la podíamos percibir rotunda y contundente por nuestros sentidos .Citaba los divinos padres, pero también a paganos célebres, como el Estagirita y Cicerón. Así como también, glosaba la parte segunda, cuestión 78 de su Summa Theologica. Su disertación se extendió durante horas. En frente de Tomás, sentado, en una inhumana corrección, estaba el director. Sus palabras pertenecían a un galimatías infernal que yo nunca había escuchado anteriormente. De su jerga sobresalían palabras como: “ventas”, “baja tasa de interés” y otras más, incomprensibles.

Mi tosca envoltura corporal, “cárcel del alma” como bien señalaba el pagano Platón, me obligó a excusarme y retirarme a los servicios. A mi regreso, vi salir del salón, cabizbajo, a nuestro sapiente Tomás, quien contrastaba con la malignidad satisfactoria del rostro del director, quien daba la mano a otros hombres, como felicitándose.

Por el papel que Tomás llevaba en sus temblorosas manos, supe, con estupor, con incredulidad, lo que sigue: le habían colado una preferente.

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